Por: Mercedes Casiano Álvarez.
Son las siete de la noche, estoy echada en mi cama, de repente cierro mis ojos y trato de recordar aquellos momentos agradables de mi infancia, en donde las preocupaciones no estaban a la orden del día, solo me dedicaba a jugar y a estudiar para ser algo en la vida. Es que ser niño de verdad era algo maravilloso que con solo recordarlo te produce mucha nostalgia.
Recuerdo que era diciembre de 1987, época navideña, mis padres como siempre solían llevarme a pasear todos los sábados, solíamos ir de tienda en tienda hasta llegar a un conocido centro comercial llamado en ese entonces Scala. Ni bien entraba, lo primero que hacía era correr hacia la sección Juguetería y agarrar el juguete más bonito que veía.
Es entonces que veo a una muñeca, era pequeña, pelona, de tez trigueña, era la famosa Peloncita. Es en ese momento que me enamoré de ella: “Esa muñeca es mía”-me dije- en mi rostro infantil bordeaba de felicidad y alegría hasta que mi madre con amor me dijo: “Mechita deja la muñeca en su sitio que no es tuyo”.
No conforme a esto les rogué a mis padres a que me lo compraran pero al recibir un NO por parte de ellos, como toda niña mimada, caprichosa, engreída y malcriada, comencé a hacer pucheros y ponerme a llorar. Mis padres algo avergonzados por mi comportamiento optaron por comprarme dicho juguete, logrando así salirme con la mía, como siempre.
Al llegar a casa, lo primero que hice fue juntarlas con mis otras muñecas, cada una tenía un nombre especial, sus nombres eran: Panchita, Olivia, Ponky, la muñeca de trapo llamada Candy, mi perro Toto, mi bomboncito, un osito de los cariñositos llamado Sol, un caballito del famoso dibujo Mi pequeño Pony y mi adorada Peloncita, lo que más me llamaba la atención de esta muñeca era que cada vez que la cargaba reía y cuando no la cargaba lloraba.
Todas las tardes, al llegar del colegio, corría a los brazos de mi adorada Peloncita, me gustaba mucho jugar con ella desde la casita, la hora del té, al papá y a la mamá, la comidita, hasta los doctores, etc. También me divertía muchísimo jugar con Karla, Stefanny y Cynthia, mis grandes compañeras de juegos, mis compinches de travesuras, mis causas de toda mi infancia y de toda mi vida.
Mi Peloncita más que una muñeca, era mi amiga, era mi confidente, le contaba lo que hacía en el colegio y las tareas que me dejaban. Ya para ese momento mi madre ya había comenzado a trabajar, como no tenía a quien contarle lo que hacía en el día, pues se las contaba a mi adorada muñeca
Un día de paseo al Parque de las Leyendas con mi familia, se me ocurre llevar a mi adorada Peloncita, la paseaba por todo el recorrido, le explicaba los animales que habían. Un de repente me llamó la atención los juegos que habían, por un descuido mío dejé a mi peloncita sentada en un árbol, al cansarme de jugar tanto corro hacia ella y al regresar ya no estaba.
Al regresar a casa rompí en llanto, por que no encontraba mi muñeca, mis tardes ya no iban a ser igual sin ella. Mi madre para consolarme me dijo: “No te preocupes hijita te comprare otro”, me sumí a una profunda tristeza, ya no estaba mi amiga a la que le contaba todo cada vez que me sentía sola.
Desde ese momento comencé a odiar a las muñecas y juré nunca más en mi vida tener otra de nuevo, a pesar que aun tenía mis demás juguetes deje de jugarlas y todos mis juguetes los regale a mis primas que vivían en la sierra. Ahora que tengo sobrinas pequeñas, ver sus muñecas me hace recordar aquel mal momento que pasé, pero por otro lado me llena de mucha nostalgia recordar mi linda infancia.

